Cuentos tradicionales

Selección de cuentos perteneciente al libro

"Los cuentos del peregrino"

 

Laureano J. Benítez 

Grande-Caballero

 

Ed. Visión Libros, 2012

Otras obras del autor en : 

http://www.laureanobenitez.com 

 

 

Extracto del CAPÍTULO 2

 

La historia interminable

 

Hace mucho tiempo, había una grulla y un flamenco que vivían en los extremos opuestos de cierto lago. Coincidían a veces, pero cada uno llevaba su vida, y se ignoraban mutuamente.

Hasta que un día el flamenco se dijo a sí mismo: «Estoy muy solo, y esta vida es aburrida... Iré a ver a la grulla y le pediré que se case conmigo».

Y eso fue lo que hizo. Al oír su petición, la grulla la rechazó de plano: «Eres feo, tienes las patas muy delgadas  y, además, estoy muy tranquila viviendo sola, así que vete ahora mismo». Compungido y triste, el flamenco se marchó.

Transcurridos unos días, la grulla empezó a arrepentirse de haber rechazado tan groseramente al flamenco: «Después de todo, creo que sería buena idea casarme con él... Mejor eso, que pasarme todo el día buscando peces en el lago y soportando a mis compañeras». Con esta determinación, acudió a ver al flamenco.

Cuál no sería su sorpresa cuando el flamenco rechazó su petición: «¡Pues ahora soy yo el que no se quiere casar contigo! ¡Lo he pensado mejor, y estoy mejor solo que aguantando a una grulla maleducada como tú!» Así que la grulla regresó a su lado del lago.

Pocos días pasaron hasta que el flamenco se recriminó a sí mismo el trato que le había dado a su vecina: «No lo entiendo», se dijo, «yo me quiero casar con ella, viene a pedírmelo, y la rechazo... no sé en qué estaría pensando... voy corriendo a decirle que sí».

Mas la grulla, herida en su orgullo, volvió a rechazar la petición del flamenco: «¡Pues ahora yo no me quiero casar contigo! Te di tu oportunidad y la desaprovechaste»

Pero al cabo de varios días la grulla volvió a arrepentirse de haber despreciado al flamenco, y volvió a acudir a él, aceptando su petición... la cual, por supuesto, fue rechazada por el flamenco...

Dice la historia que todavía siguen así la grulla y el flamenco.

                

Galgos o podencos

 

A la liebre de la historia anterior le gustaba contar un relato sobre unas amigas suyas que habían encontrado su final por enredarse en estúpidas discusiones.

Esas amigas suyas se encontraban en el campo cuando, de repente, oyeron el estrépito de  una jauría de perros que se acercaban. Asustadas, echaron a correr para escapar de la amenaza. Mientras corrían, una de ellas dijo a la otra:

—Estos podencos no conseguirán cogernos si llegamos hasta el río.

—¿Cómo que podencos? —dijo la otra liebre, deteniendo su carrera—. Estos perros que nos persiguen no son podencos, sino galgos.

—Yo sé más que tú de estas cosas —repuso su compañera, frenándose también —Si yo digo que son podencos, es que son podencos.

—Pues creo que te equivocas. He visto muchos galgos, y te aseguro que estos perros, por su forma de ladrar y de correr, son galgos.

—¡Pues te digo que no! ¡Si sabré yo que son podencos!

En esta discusión acalorada estaban cuando los perros —galgos o podencos— se les echaron encima, dando buena cuenta de ellas.

 

El dinero no da la felicidad

 

Ese gato recibió cierto día una carta de un pariente suyo que residía en la ciudad; en ella, le anunciaba su próxima visita. Muy contento de poder ver a dicho pariente, empezó a buscar comida, con el fin de agradar a su visitante.

Llegó el pariente, orgulloso y condescendiente. Acostumbrado a los refinados manjares de la ciudad, no estimó lo suficiente la comida que su anfitrión le ofreció. Antes de marcharse, el pariente de nuestro gato le invitó a devolverle la visita.

Ya en la ciudad, el gato del bosque se las vio y se las deseó para encontrar el domicilio de su pariente. Ruidos, sobresaltos, pisotones de la gente, amenazas continuas de los coches... todo esto le puso muy nervioso.

Su pariente le recibió amablemente y le obsequió con un formidable banquete: una larga mesa repleta de los más exquisitos manjares llenaba el comedor. Pero, durante la  comida, el ama de llaves del gato entró varias veces; también les sobresaltó el hijo de los dueños de la casa, pequeño y travieso, que se empeñaba en considerarlos un simple juguete para su diversión... el miedo del gato del bosque llegó a su paroxismo cuando la comida hubo de suspenderse debido a la terrorífica aparición del perro de la casa.

Muy nervioso y atemorizado, nuestro gato regresó a su casa del bosque. Pensó que no valía la pena rodearse de tanto lujo y riqueza, a costa de perder la tranquilidad y la paz interior. Prefería seguir viviendo como hasta ahora. Probablemente, su pariente de la ciudad acabaría enfermo de los nervios, o con úlcera de estomago. Él, en cambio, seguiría tan contento y saludable como siempre.

 

 

La pequeña llama

 

... Crueles como el mundo, y maravillosas como el cielo... Esa es la lección que aprendió una vez una pequeña llama llamada Inti.

Inti vivía, como todas las llamas, en los Andes. Un día que iba de paseo con su madre se acercó demasiado a un espino, y un trozo de su bonito vestido de lana quedó atrapado en el espino.

La pequeña llama sintió un fuerte dolor por el desgarro y dijo a su madre:

—No es justo. Si el dios de las llamas es tan bueno, ¿Por qué ha creado plantas tan peligrosas y malas?

En aquel momento, un colibrí se posó en el espino y con su pico cogió el jirón de lana. La madre dijo entonces a la pequeña llama:

—¿Lo ves, Inti? La naturaleza siempre es sabia: tu copo de lana le sirve al colibrí para hacer confortable el nido, que es su casa.

Y la pequeña llama acarició el morro de su madre, miró el azul del cielo y con un alegre balido dio las gracias al dios de las llamas, por haber creado a la naturaleza tan sabia.

 

Percepción maravillosa

A muchas aves les gustan los granos de mostaza. Como a las dos que son protagonistas de este relato.

En cierta ocasión, un buitre le dijo a un milano:

—Tengo más alcance de vista que tú, porque puedo ver un grano de mostaza en el suelo, mientras que tú no puedes ver nada en absoluto.

Y le propuso un desafío, que ganaría el primero que encontrase y se comiese un grano de mostaza. Los dos pájaros descendieron en picado para encontrar el grano, que el buitre podía ver y no el milano. Cuando estaban muy cerca del suelo, el milano vio el pequeño grano. El buitre continuó su descenso, lo cogió y se lo tragó. Poco más tarde, murió, porque el grano.. ¡estaba envenenado!

 

Aprendiendo a volar 

En esa granja había muchos animales. Debido a una serie de circunstancias, un huevo de águila fue a parar a un rincón del granero donde una gallina empollaba sus huevos. Y así fue como el pequeño aguilucho fue incubado junto con los polluelos.

Pasado algún tiempo, el aguilucho, inexplicablemente, empezó a sentir deseos de volar. De modo que le preguntó a mamá-gallina:

—¿Cuándo voy a aprender a volar?

La pobre gallina era perfectamente consciente de que ella no podía volar, ni tenía la más ligera idea de lo que otras aves hacían para adiestrar a sus crías en el arte del vuelo. Pero, como le daba vergüenza reconocer su incapacidad, respondió evasivamente:

—Todavía es pronto, hijo mío. Ya te enseñaré cuando llegue el momento.

 Pasaron los meses, y el joven aguilucho empezó a sospechar que su madre no sabía volar. Pero no fue capaz de escapar y volar por su cuenta, porque su intenso deseo de volar se había mezclado con el sentimiento de agradecimiento que experimentaba hacia el ave que le había incubado.

 

La naturaleza del miedo

En un rincón del granero de esa granja vivía un ratón que estaba permanentemente sobresaltado por la vida que llevaba, que él creía amenazada por peligros que le producían angustia en felicidad.

Un día que se quejaba amargamente de su suerte, se dijo que si fuera un gato viviría mejor. El hada de los animales escuchó su deseo y, compadeciéndose del pobre ratón, le transformó al punto en un hermoso gato. Asombrado por esa transformación, el ratón disfrutó de su nueva vida, pues ya no tenía que temer la amenaza constante de los gatos de la granja.

Pero entonces se comenzó a tener miedo del perro, con lo cual su vida volvió a ser una pesadilla. Un día que se encontraba especialmente amedrentado, formuló el deseo de ser un perro para poder llevar una vida feliz, y, al instante, su deseo fue satisfecho nuevamente por el hada.

Mas poco le duró su alegría, porque al poco se dio cuenta de que su nueva vida no era tan satisfactoria. Era cierto que ya no sentía miedo de los perros, pero sentía la constante amenaza del hombre.

Pidió entonces ser un hombre, pero esta vez su deseo no funcionó. El hada de los animales, al oír su nueva petición, le volvió a convertir en un ratón, a la vez que le decía: «Seas quien seas, siempre tendrás miedo, porque siempre tendrás el corazón de un ratón».

 

La paciencia todo lo alcanza

Precisamente la historia siguiente  tuvo lugar en un cubo de leche.

Dos ranas encontraron un cubo lleno de leche y, guiadas por la curiosidad, se acercaron tanto al borde que acabaron cayendo dentro. Desesperadas, intentaron salir para no morir ahogadas, pero siempre terminaban resbalándose. Una de ellas dijo entonces a la otra, después de varios intentos fallidos:

—¡Vamos, nada deprisa, y no dejes de mover las patas, o te hundirás!

Durante un tiempo nadaron con fuerza, hasta que la otra rana, cansada del esfuerzo, empezó a dar muestras de debilidad, quejándose y lamentándose. Su compañera, sin embargo, seguía animándola para que no dejara de nadar. Al cabo de un tiempo más, la rana con menos voluntad volvió a quejarse:

—No puedo más. Estoy muy cansada. No resisto tanto esfuerzo. Creo que me voy a hundir.

A pesar de las palabras de ánimo de su compañera, la rana más débil dejó de mover sus patas, y se hundió, ahogándose. La otra, al ver que se había quedado sola, continuó en su esfuerzo, a pesar del cansancio que sentía.

Transcurrió así algún tiempo más, y la rana estaba a punto de desfallecer cuando se dio cuenta de que la leche empezaba a espesarse:  batida por el movimiento de sus patas, se había convertido en nata. Al darse cuenta de esto, la rana pudo, al fin, terminar su esfuerzo denodado, sin peligro de morir ahogada.

Y algo más: atraídas por la nata, acudieron muchas moscas, con las cuales la rana se dio un auténtico festín.

 

La alegría de ser pato

Un pato mandarín quiso conocer mundo, ser aventurero. La granja se le quedaba pequeña: había que buscar un mundo nuevo.

Salió de la granja decidido. Caminaba con firmeza, marcando el paso como si fuese el abanderado de un desfile: la cabeza erguida, la vista al frente. La granja de iba quedando cada vez más lejos.

Torciendo por veredas y atravesando matorrales, llegó a una hermosa pradera. Allí, en la orilla de una laguna, paseaba su esbelta figura una cigüeña.

—¡Qué patas tan finas y largas! En cambio, las mías son cortas, anchas y feas...

El pato bajó la cabeza avergonzado y siguió caminando. Trató de consolarse pensando en los lindos colores de su plumaje. Al fin y al cabo, las plumas de la cigüeña sólo estaban pintadas de negro y blanco.

Después de haber caminado muchos metros, se adentró en un camino más ancho. Iba por la sombra, caminando entre robles, hayas, acebos y avellanos. De repente, el sonido de una dulce música detuvo sus pasos. El pato mandarín quedó como hechizado: un alegre ruiseñor estaba dando su concierto de enamorado.

—¡Esa sí que es una voz bonita! Y no este cuá-cuá que tengo yo, que parece que me estoy ahogando.

El ruiseñor, al oír el cuá-cuá del pato, se asustó y salió volando de su escondite. El mandarín, al verlo tan pequeño y asustado, no pudo menos que jactarse y decirse a sí mismo que él era más grande y agraciado.

El pato siguió caminando y descubriendo las sorpresas que el  mundo nuevo le iba mostrando. Caminaba ahora por un sendero bastante empinado. Estaba en la ladera de una montaña, y subía sofocado. A lo lejos, en la altura, divisó un águila surcando los cielos.

—¡Qué maravilla! ¡Quién pudiera volar y planear así! Sin embargo, mi cuerpo es rechoncho y pesado.

Tan ensimismado estaba pensando estas cosas, que no se dio cuenta y cayó por un barranco.

Pero tuvo suerte, pues fue a caer a un lago. El impacto fue grande, y se hundió a gran profundidad, pero unos instantes después salió a flote y alcanzó la orilla nadando.

¡Qué alegría sintió entonces al saber que era un pato, con sus plumas impermeables, sus patas palmeadas y su pico ancho! El ser un pato le había salvado la vida.

    

Volver a página principal